Once cualidades que ―según Marina Orellana― el traductor debe reunir para ejercer con eficacia su oficio

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       La traductora chilena Marina Orellana Riquelme (1917-2011) nos ha dejado un patrimonio lingüístico valiosísimo en La traducción del inglés al castellano y el Glosario internacional para el traductor, obras tan pertinentes ahora como cuando las publicó hace ya unos años. En honor a su labor tan reconocida en el mundo de la traducción al español, he compilado, a modo de resumen propio, once recursos con los que debe contar el traductor para desempeñarse profesionalmente en este campo.

1. Se requiere amplia cultura general porque el traductor a mendudo se enfrentará a diferentes textos sobre los cuales deberá tener buen dominio. En este caso se presentan individuos en varias combinaciones y grados: los que se han cultivado pero no cuentan con las habilidades de redacción o, al contrario, aquellos que saben redactar pero no poseen una vasta cultura, entre otras.

2. Con miras a que los textos que escriba el traductor posean una naturalidad propia del idioma, será necesario que cuente con un buen conocimiento de la lengua materna. Se dan casos en que el traductor ha vivido por mucho tiempo en un país extranjero cuya lengua oficial difiere de su natal y por lo tanto esta se contamina de la estructura de aquella, lo que da como resultado escritos sin soltura.

3. Sin lugar a duda la habilidad de redactar bien es un recurso esencial de todo traductor, lo que va de la mano con el registro y el tipo de texto que se trate. Se deberá tener la destreza de escribir en varios estilos: periodístico, literario, científico, técnico, epistolar, etc.

4. A aquel traductor que no le interese el hábito de la lectura ni cuente con inquietud o curiosidad intelectual le costará más encarar la gran variedad de materias y no tendrá la oportunidad de desarrollar un vocabulario rico y surtido.

5. Cuando redactamos en español, sobre todo, se recomienda no repetir las palabras en un mismo párrafo o serie de oraciones como si fueran las únicas que se encuentran en el diccionario. La riqueza del vocabulario se obtendrá con ese hábito de lectura que se mencionó en el inciso anterior.

6. El sentido crítico propio es imprescindible para que el traductor identifique contradicciones, errores o problemas en lo que redacta.

7. En estrecha relación al sentido crítico se percibe una mente analítica, que nos ayudará a examinar la estructura de nuestras oraciones y a determinar si el empleo de nuestras palabras es el adecuado.

8. Con el fin de evitar todo aquello que sea risible y provoque la burla por parte de nuestros lectores, es importante contemplar si el sentido del ridículo está de nuestra parte. Con frecuencia, la lectura en voz alta de los textos que traducimos es una buena forma de determinar si están libres de elementos que tiendan a sacar a la vista algunas incongruencias.

9. Con el propósito de que nuestros escritos no estén llenos de palabrerías ni rodeos innecesarios, será indispensable dotarnos de un don de síntesis que permita escribir de manera concisa y breve.

10. Como todo buen lector que lee, relee y recuerda los detalles más importantes de una novela, un ensayo o un poema, desarrollar una memoria retentiva será un recurso que nos apoyará sobremanera para recordar los términos y las expresiones que cosechemos de nuestras lecturas.

11. Una de las restricciones que se impone en los traductores es la falta de libertad para dar rienda suelta a la creatividad y la imaginación, como la que disfrutan los escritores. Por tanto, se debe respetar el texto original ciñéndose a su significado y ateniéndose a no decir ni más ni menos. 

       Espero que haya sido de utilidad. Lo he escrito, sobre todo, para que las nuevas generaciones de traductores no olvidemos lo que Marina Orellana nos ha enseñado.